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26.4.12

Breve historia tanguera

Nos conocimos en La Viruta, aunque tal vez la había visto antes, porque su cara me parecía familiar. Después de esa vez nunca más volvimos a bailar, y según escuche por las sombras nunca mas repitió compañero de baile después de esa noche. La Tana bailaba tango y milonga, y como todas las flacas lo hacía muy bien. Se movía con estilo y gracia. No era de esas europeas que turisteaban por Buenos Aires y tomaban una o dos clases de baile- su castellano, sus movimientos, su pensar- todo lo había aprendido en la escuela de la calle.
Se arreglaba muy bien para mantener a los compadritos en su lugar. En un idioma extraño, que estaba entre el italiano, el ingles, es argentino y el lunfardo, se hacía entender y los despachaba más rápido de lo que llegaban. Eso sí, siempre lo hacía con mucha clase y sin generar resentimiento.

Fui un afortunado, porque ella no bailaba con cualquiera, y el día que accedió a mi propuesta (al viejo estilo del cabezazo) yo estaba bastante descansado para poder seguir sus pasos. No nos despegamos en toda la noche, sin contar los momentos para aplaudir a la orquesta o para refrescarnos.

Cerca del final de la noche, cuando los mozos ya azomaban los baldes y la gente ya zigzagueaba a sus casas, la  Tana y yo bailabamos un bolero. Se me acercó al oido. Susurró algo algo en su simillengua. Lo traducí como pude entenderlo, entre el vino y el ruido del bandaneón me dijo "Nene, la vida es un tango que se baila una sola vez".

9.1.12

Respiración profunda

El primer sol de la mañana tiñó el pasto de un color entre amarillo y verde y el aire todavía estaba fresco. Corría una brisa suave que se llevaba los últimos fantasmas de la noche. El hombre había dormido poco y mal, quizás por los ruidos que escuchó toda la noche por fuera de la casa, quizás por los ruidos que venía de su cabeza. Esa noche, como las que recordaba, tampoco había soñado.

Del río llegó un viento que movió las hojas del árbol chico y también se movieron las ramas más altas, como si estuviesen invitando al hombre a acercarse. Dudó unos segundos y desde la puerta caminó lento y pesado hasta quedar a unos pocos metros del árbol. Pudo sentir que lo llamaba. Se acercaba y ya no era una insinuación, era un llamado concreto. Las rama se abrían invitándolo al sueño del arbol que había estado despierto toda la noche.

Frente al árbol se animó a tocarlo; lo rosó suaventeme y pudo sentir la inspiración profunda, esa larga bocanada previa al limbo. Eligió una rama que se ofrecía como refugio, trepó unos pocos metros se acostó. Acostado ahí estaba mucho más cómodo que en la mejor cama del mejor palacio. Pudo relajarse mientras los rayos del sol se filtraban por las hojas y por las ramas. El calor le acariciaba la cara. Se durmió.

Se olvidó del arbol, de la casa y de las malas horas de la noche y finalmente soñó. En su sueño el era árbol.

Se sintió raíz, afirmada en el suelo y yendo cada vez más profundo, buscando el agua que daba vida, alimentándose de la tierra. Fue tronco doblado, el viento lo había golpeado desde hace años, pero seguía firme, siendo el cuerpo de algo que crecía cada día. Se abrió en infinitas ramas, en infinitas direcciones, perseguía el sol y se estiraba y se dividía en miles de partes. Era cientos de hojas débiles y fuertes, hipersensibles a todo lo que las rodeaba, tambaleantes y temblorosas, hijas del viento. Algunas hojas se caían, pero las más resistentes bebían el aire. Sintió la inspiración más profunda de su larga vida y lleno de oxigeno todo su cuerpo: la raíz, el tronco, las infinitas ramas y las mismas hojas.

8.6.10

La pluma mágica

Teniendo en cuenta que era un joven de clase media y que había dejado la casa de sus padres hace no mucho tiempo (unos meses después de tener su título universitario), hasta ese momento la vida de Diego se desarrolló normalmente; digamos que no hubo ningún incidente extraño en sus 27 años de vida; hubo familia, amigos de a ratos y de la vida, novias en sus más variadas formas, muertes inesperadas, bebes impredecibles, revoluciones, periodos negros, experiencias extrañas; lo que se dice una vida común y corriente. Poco sabía él sobre la probabilidad de que uno de los personajes de su primera novela se convertiría en un ser humano real, como esos que andan por cualquier avenida.

Tiempo después, cuando la fama ya era algo común sus admiradores decían que a este escritor era muy normal verlo pasear por alguna plaza con Juan, ese niño tan distinto que en alguna vez entendió por primera vez que era el amor. Estaban también aquellos que, con afán de encontrarse con este fenómeno de la literatura, se empecinaban en buscar bares como los que gustaban a Helena, la melancólica jovén que, como todos sabían, había viajado a Buenos Aires para ser actriz.

Al principio ni él supo explicarlo y hacía el final ya a nadie le importó como fue que sucedió pero (aunque no era lo primero que escribía) supo desde ese momento que nada sería igual, porque desde ese día sus personajes lo seguirían hasta el final de su carrera. Muchos intentaron analizar y explicar que era lo que ocurría con sus palabras pero pronto descubrieron que los personajes solo eran visibles cuando estaban junto a Diego y que cuando alguien trataba de seguirlos de alguna misteriosa forma se perdían en multitudes, esquinas y puertas que no volvían a abrir.

Lo que más impresionaba a la gente era la posiblidad de encontrarse con alguna creación para poder hacerle alguna pregunta y quizás para mirarlo directamente a los ojos para luego darse cuenta que era tal cual como la descripción del relato en cuestión decía. Miles de preguntas, todas contestadas por seres que eran reales a la vista, pero que nunca pudieron ser realmente comprobados ya que nunca dieron entevistas ni se dejaron ser examinados por grupos de expertos científicos. Poco a poco la fama de sus personajes se fue extendiendo y sus escritos y el mismo Diego pasaron a segundo plano.

Lo cierto es que nunca dejo de escribir, nunca dejaron de aparecer personajes nuevos, y finalmente logró crear algunos personajes a partir de cuentos, pero estos personajes generalmente eran objetos que no podían abandonar su casa. Tiempo después de la muerte de este escritor algunos aseguraron que Anselmo, su fiel perro y amigo, era en realidad la consecuencia de uno de sus poemas más conocidos, porque aunque este estuvo a su lado hasta sus últimos segundos nunca nadie más pudo verlo.

A medida que su popularidad aumentó creció también la cantidad de gente que quería saber de todo lo que sucedía. Así poco a poco Diego se encontró rodeado de gente; cada vez que paseaba al perro por la calle o cuando intentaba salir de compras. "¿Usted es ese escritor, no es cierto?" le preguntaban y el no hacía más que asentir con la cabeza o con los ojos, luego las miradas iban hacia todos los lectores que lo seguían con la esperanza de encontrarse con algun personaje (de los buenos y de las antítesis)

El asedio terminó agobiando a este fantástico escritor y nunca más se lo volvió a ver, ni a él y ni a sus personajes. Nunca se pudo decir que murió en soledad, todos imaginaron que en sus últimas horas todos sus personajes estaban con él, y así lo dieron por hecho. El 16 de Septiembre las autoridades locales no pudieron encontrar nada cuando entraron al departamento. Una carta (envíada desde otro país, con tres días de anticipación) alerto a las autoridades para realizar un control sobre el edificio. Solo pudieron rescatar pocas cosas de su hogar, una birome, hojas, algunas sillas, elementos de cocina y un manuscrito con la historia de un escritor llamado Diego que era asesinado por uno de los personajes de su novela.

23.12.09

Fábula Navideña (o Milagro Corporativo)

Como era costumbre cuando se acercaba la nochebuena, todo estaba adornado de rojo y blanco, las guirnaldas y los dibujos de Papá Noel llenaban las calles, colgaban adornos y bolas de absolutamente todos los puntos posibles y todos se deseaban unos a otros Felicidades. Pedrito no era ajeno a todo esto, tenía 5 años y medio y apenas hace poco había aprendido a distinguir una letra de la otra.

El, con su corta edad, trataba de entender esto de lo que hablaban hasta las maestras, esto que los abuelos citaban cuando se portaba mal. Recordaba bien que le decían que Papa Noel Se va a Enojar Si Te Portás Mal. Hasta el momento solo había logrado descifrar que la navidad era un evento relacionado con un regalo y un viejo que habita en el Polo Norte. Estaba más que claro que el nunca había visto en persona a este viejo y que obviamente desconocía la ubicación real de los polos. Sobre todas las cosas lo desconcertaban algunas pocas referencias que tuvo de un tal Jesús, que era habitualmente nombrado por la Tía Olga.

En casa ya estaban todos listos para festejar la navidad. Hace días que Pedrito esperaba este momento y finalmente había llegado. Era una noche especial y se podía sentir en el aire, por el olor a comida casera, y lo sentía él, que ese día estrenaría una remera nueva. Pudo ver, antes de dormir la siesta, que esa noche comerían en la mesa grande y que había más platos de lo habitual, esperaba que vengan los primos Clara y Tomás.

Pasaron los platos fríos, el vittel toné, las ensaladas y los fiambres. Mientras tanto Pedrito esperaba el momento del regalo. Paso el segundo plato, el cochinillo y las papas que se habían estado cocinando durante todo el día y se empezó a sentir más pesado, con mucho sueño. Tuvo que hacer mucha fuerza para resistir hasta después de las tortas y los cafés, pero finalmente había llegado la cuenta regresiva.

Dieez, Nueeve, Oocho, Siiete, Seeis, Ciinco, Cuuatro, Trees, Doooos, Uuunoo,
Fe-liz Na-vi dad. Esta vez pudo contar sin perderse y a coro, gritando y abrazándose llegó el momento que tanto esperó. Los fuegos artificiales lo ayudaron a despabilarse, porque recién lo habían levantado segundos antes del conteo. Al principio se asustó pero como todos se mantuvieron en calma pudo disfrutar el show de luces desde el balcón “Sin asomarse” como dijera mamá.

Ya lo estaba cansando un poco tanto ruido cuando escucho al tío gritar desde el otro lado de la sala. Ya no sabía cuanto tiempo había estado mirando el cielo pero pudo entender lo que gritaban y cuando lo hizo su corazón empezó a latir más fuerte de lo habitual. Los regalos habían llegado y los podía ver desde allí así que corrió lo más rápido que pudo para llegar primero y ver a este señor que venía de tan lejos.

Todos se abalanzaron sobre las cajas y gritaban de alegría. Feliz navidad les decían los grandes, pero Pedrito seguía buscando a Papa Noel. Tanto barullo lo mareaba aún más y el sueño no ayudaba, estaba cansado pero no se iba a dormir sin antes encontrar a esa persona que tan importante había sido durante el último tiempo, ese tal Santa Claus. Todos sus esfuerzos fueron en vano, se vio rodeado de adultos que lo empujaban hacia una gigante caja

Es cierto que primero sintió mucha felicidad; tenía enfrente de sus ojos al regalo más deseado. Ya tenía muchos juguetes, tantos que algunos de ellos podían pasar días sin ser tocados, pero este era especial: un auto a control remoto, igual al de papá que también se maneja con un volante, pero es muy chiquitito y está afuera del auto. Hizo un gran esfuerzo para no distraerse y así juntar información sobre el hombre misterioso.

Papá Noel se había ido, pero dejó las cosas un poco más claras. En su paso había dejado algunas pistas. Aprovechaba la distracción de la gente para dejar los regalos, tal vez para no demorarse con las demás entregas, que debían ser muchas. Pedrito se prometió que en la próxima navidad estaría más atento. La otra pista provino del mismo regalo, porque al parecer el viejo compraba el papel para envolver los presentes en la misma juguetería donde había visto por primera vez el auto de juguete que tanto quiso.

3.11.09

Definición (cuento muy corto)

Para la derecha, hacia el último vagón. Casi siempre encontraba lugar donde sentarse cuando iba para ahí. Arias se sentó entre una chica que a primera vista parecía lo más aceptable del vagón y un cincuentón que dormía sin soltar el diario. “Me siento viejo”, pensó mientras se acomodaba el saco sobre las piernas. Treinta y cinco años recién cumplidos hoy. Apenas se había levantado recibió el primer llamado de felicitaciones, era mamá que le deseaba un hermoso día en este año nuevo. No se sentía distinto, pero desde hace un par de meses, entre el estudio, el nene y el cansancio se sentía viejo. Le pareció una exageración, demasiado para sentirse así. Se sentía menos joven, eso seguro que sí.

7.10.09

Pensar

No podríamos decir que fue una concidencia encontrarse justamente ahí, donde se habían despedido tantas veces- pero no donde fue la última vez que se vieron- y aunque no solía andar por esa zona iba a tener que pasar por esa parada de colectivo para volver a su casa. Ella, aunque se había mudado, frecuentaba a algunos amigos del barrio. Sería mentira también si dijesemos que cuando pasó por la puerta de la que era su casa no pensó en la posiblidad de encontrarse, porque no sabía que ya no vivía por ahí, y aunque pensaba que sería mejor evitar esa casualidad (algo distinto a las coincidencias) pero por dentro deseaba verla.
Caminaba lento, así tal vez lograría que lo vieran, o más precisamente que ella lo viera y al pasar por la puerta de la casa que tantas veces visitó vió que por lo menos una vecina aun vivía en el PH, ella lo miro y por un segundo penso que lo reconocería. Volvió la mirada subitamente cuando el clavo los ojos sobre la pobre señora. Habrá pensado que estaba por robarle y por eso evitó preguntar si quien buscaba, o más bien pensaba en la que pensaba, estaba allí.
Estaba ya casí rendido ante la posiblidad de que el colectivo llegue antes que ella, había puesto ya un cigarrillo en su boca y sacó el encendedor para darle fuego y así soportar la espera. Cuando el fuego empezó a quemar el papel y ya se podía sentir el olor dulzón del tabaco recien encendido vio como un 3 y y después un 5 que por la esquina a dos cuadras completaban el numero del fiel 53. Preparó las monedas y a vista rápida hizo un conteo para ver si tendría que sacar más monedas una vez que suba detrás de la señora con olor a naftalina y el alumno del boleto secundario.
Última pitada, pensó mientras aspiraba el humo, y tiró el cigarrillo al piso, lo pisó y se arrepentió por no tirarlo al tacho que no vio detrás suyo. Hacía un esfuerzo por ver si el colectivo, que ya estaba a menos de una cuadra de distancía tenía lugar para sentarse y leer un rato. Fue ahí, en ese momento, cuando ya no pensaba tanto en ella que la vio asomarse por la esquina. Estaba igual que siempre, o como siempre la vio, estaba hermosa y caminaba desprecupada. Ella si que no pensaba en casualidades o coincidencias, venía libre y no imaginaba que en instantes él se acercaría para hablarle por lo menos un rato, para saber como estaba, hablar y quizas si lo dejaba verla otra vez.